Publicado: marzo 4, 2020



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  • Vida

    Sorprendiendo a propios y extraños, Keith Richards ha escrito sus memorias: sorprendo por el hecho de que ha podido (puesto que a esta altura absolutamente nadie sospechaba que iba a preservar la vida o bien la lucidez suficiente para asir el teclado) y sorprendo por el hecho de que ha querido (puesto que los entes satánicos no acostumbran a asistir al confesionario). El crítico Nick Kent compendia de este modo su imagen en los años setenta: «Era el enorme lord Byron; era un desquiciante, era un degenerado y era peligroso conocerlo».El mencionado discrepa con irónica sonrisa, otros insisten, y este libro viene a aclarar posibles equívocos. Por el hecho de que acá se disipan múltiples brumas (transfusiones, efusiones, agresiones, etcétera) y se presentan por último los hechos que el foco de la historia de leyenda había nublado: el empleo y abuso de substancias tonificantes o bien estupefacientes no adquiridas en farmacias; las variadas discrepancias con autoridades aproximadamente sanitarias; los encuentros, desencuentros y encontronazos con policías de diferentes países; la implacable alianza con Mick Jagger; los intermitentes, y de forma frecuente explosivos, contubernios con personajes como Dylan, Lennon, Clapton, McCartney, Marley, Berry o bien Bowie, por refererir a ciertos más ruidosos; las afinidades electivas con sujetos de mucha cara o bien siniestra catadura; los idilios pasajeros, las semanas de pasión y los 2 amores tenaces (Anita Pallenberg y Patti Hansen); las extenuantes sesiones de grabación; la dulce vida rural en una mansión de Connecticut franqueados los umbrales de la senectud (si bien no de la madurez si consideramos las penúltimas inhalaciones); los cuentos contados por idiotas… Mas al final, alén del estruendos y la furia (que, como es de rigor, nada significan) surge la música de los Rolling Stones, esa muy frecuente banda sonora que acompaña nuestras conmociones desde hace prácticamente medio siglo.

    Vida | Keith Richards

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