Publicado: marzo 17, 2020



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  • Vacación Hindu así se titula esta maravillosa historia escrita por Joseph Randolph Ackerley.

    En mil novecientos veintiuno, Y también. M. Forster a su regreso de su segundo viaje a la India le sugirió a su amigo Joe Ackerley que se postulara para el puesto de secretario del Maharajah de Chhatarpur. Ackerley, de 26 años, salía de Cambridge, no tenía empleo, llamaba la atención por su excepcional belleza física, y compartía los gustos homosexuales del peculiar soberano, que realmente no solicitaba más que un interlocultor y acompañante. El diario que el lector tiene en su manos relata sus 5 meses de ’vacación hindú’, que se publicó diez años después, en 1932En mil novecientos veintiuno, Ackerley se presentó voluntario al puesto de secretario ofrecido por el Maharajah de Chhatarpur. El Maharajah no procuraba un ágil funcionario que se ocupase de los temas de Estado, sino más bien un amigo con el que poder compartir su entusiasmo por los muchachos, el lujo y la cultura occidental. Deseaba amistad, mas asimismo consuelo filosófico y no le incordiaba reconocer que tenía el carácter de una doncella a la que hay que seducir. No pensaba que eso afectase a su dignidad, puesto que no se engañaba sobre su relevancia. Sabía de forma perfecta que no era un emperador romano, sino más bien un pequeño aristócrata de una nación ocupada. Su milenaria cultura le parecía menos esencial que esa Europa, donde –en su opinión– “habitaba la Sabiduría”. Ackerley ignoraba todo sobre las tradiciones y costumbres de la India, mas respondió a la proposición del pequeño monarca, aconsejado por Y también. M. Forster, que terminaba de retornar de allá. Precioso, flemático y con una homosexualidad irrefrenada, se ganó con sencillez el afecto del Maharajah, mostrándose comprensivo con sus defectos. Los dos gozaron de 5 meses de camaradería, donde intercambiaron gracietas y confidencias, mientras que contemplaban la danza de travestidos, con nombres tan inverosímiles como Napoleón III.La frivolidad del Maharajah, que regía su estado con una concida ineptitud, no excluía ciertas preocupaciones religiosas. Lector de Spencer, George Henry Lewes y otros autores ingleses a los que atribuía las virtudes de los tradicionales helenos, en ocasiones se interrogaba sobre la existencia de Dios o bien el porqué de la muerte, mas jamás concedía mucha relevancia a esos temas. Su interés por los muchachos desbordaba extensamente cualquier otra inquietud y confiaba en la indulgencia divina para disculpar sus pecados. Si bien la inteligencia no era su rasgo más acusado, de cuando en cuando manifestaba creencias de determinada agudeza. Al contemplar unas bellas ruinas, se pregunta si la belleza no va a ser un mantón de Dios. En otra ocasión, festeja la belleza del atardecer y expresa el deseo de tener un amigo tan frágil como esa luz rosa y dorada.Ackerley jamás retornó a la India, mas eso no le impidió advertir la injusticia del sistema de castas y la petulancia de los ingleses, que apenas escondían su menosprecio cara los nativos. Su estancia en la corte del Maharajah inspiró Vacación hindú, un tradicional de la literatura de viajes que apareció en mil novecientos treinta y dos y se reeditó veinte años después, tenuemente ampliado. El libro cosechó una recensión entusiasta de Evelyn Waugh y un admisible número de lectores. Conforme César Aira, que tradujo brillantemente la obra al castellano para Pre-Textos en dos mil dos, el Agha Khan puso el nombre de Hindoo Holiday a uno de sus caballos y el sentido de la cortesía forzó a Ackerley a apostar por él en sus carreras, lo que no favoreció singularmente a su bolsillo. André Gide logró que el libro se tradujese al francés y un crítico hindú encomió en una edición de mil novecientos setenta que el creador no se mostrara condescendiente con su nacionalidad, exhibiendo esa insolencia que caracteriza a sus compatriotas. Curiosamente, el Maharajah jamás llegó a leer la obra, puesto que murió poco tras su publicación.El mérito de Vacación hindú no reside tan solo en su capacidad de trascender el prejuicio, sino más bien asimismo en la perspicacia de un ojo al que no se le escapan los matices o bien la prudente comicidad de los que le rodean. Los geniales retratos del Primer Ministro –que se considera un filántropo pues siempre y en toda circunstancia ha velado por su bienestar–, de los criados –tan sumisos como oportunistas– o bien del inaguantable tutor musulmán –que se estremece toda vez que angosta la mano de un comedor de carne–, revelan una aguda entendimiento del carácter humano, no exenta de grandes dosis de tolerancia y benevolencia. Ackerley no maquilla los aspectos más indeseables de la India. Lamenta la atrocidad de una cultura que discrimina a la mujer y promueve la división entre hindúes y musulmanes, mas no se muestra menos impaciente con la estulticia de los occidentales. No se puede charlar de conciencia política, mas sí de una claridad ética que lamenta las condiciones de vida de los obreros, cuyo trabajo cargando bloques de piedra apenas difiere del efectuado hace mil años en régimen de esclavitud. Si bien Ackerley no oculta su escepticismo sobre las previsiones astrológicas, le molesta que los pequeños de las castas más bajas no tengan, del mismo modo que el resto de los recién nacidos, un horóscopo que les deje conocer el rumbo de su vida. Desde su opinión, las cosas no van a mejorar mientras que las nuevas generaciones no se subleven contra el abuso y la explotación. En el momento en que unos barrenderos manchan su traje de dril blanco, no se lo recrimina puesto que comprende que “tal vez se están vengando del planeta, o bien sencillamente retozan en su elemento: miserables intocables, polvo mismos, virando en polvo”.Su perspectiva crítica no molesta a su sensibilidad tratándose de querer la dificultad cultural de la India. La teoría de la metempsicosis de las ánimas evoca la sabiduría pitagórica, conforme la que un hombre es muchos hombres y la identidad, un espejismo que cercena al . La sabiduría ancestral de un pueblo colonizado padece un injusto menosprecio, quizá pues patentiza las incoherencias de la potencia ocupante. La admiración por el saber milenario de la India no consiente con el tópico. Ackerley apunta que el Maharajah no se desplaza en elefante, sino más bien en un moderno vehículo. Sus consideraciones sobre arquitectura no son menos inteligentes. Explica que el hindú jamás edifica un arco, por el hecho de que estima que es una forma autodestructiva, en tanto que se fundamenta en una presión en 2 direcciones: cara abajo y cara fuera. Por contra, prefiere la manera cuadrangular, la viga recta de piedra que solo presiona cara el suelo. Esa concepción del espacio refleja las diferencias entre una religión más inclinada cara lo espiritual y otra que reproduce el orden social. No menos interés recubre su evocación de “Holi”, una celebración donde desaparecen provisionalmente las diferencias de casta y los oponentes confraternizan, o bien sus especulaciones sobre la existencia de pequeños diablos apasionados a liar los temas humanos.El estilo de Ackerley se anota en lo mejor de esa tradición anglosajona que ha transformado la literatura de viajes en un género donde convergen el humor, la indagación sicológica y la descripción del paisaje local. Cronista de 2 decadencias (la del imperio británico y la de una cultura atrapada por su pasado), Ackerley jamás olvidaría la “belleza arcaica” de esos muchachos que bailaban para un Maharajah infantil y también inútil y un joven recién salido de Cambridge, presto a satisfacer el deseo de un hombre que solo le contrató a fin de que le amara. Viaje hindú es un tradicional furtivo y escasamente conocido. Esa circunstancia solo acentúa su encanto, mostrando que la literatura en ocasiones consigue la perfección, cultivando la ironía, el tono menor y una falsa irrelevancia.

    Vacación Hindu | Joseph Randolph Ackerley

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