Publicado: abril 16, 2020



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  • Un hombre que se parecía a Orestes (Premio Nadal mil novecientos sesenta y ocho) recrea de una manera absolutamente libre el mito tradicional.La acción se paraliza tras el asesinato de Agamenón, sin que la aguardada venganza llegue a cumplirse. Orestes sabe que debe perpetrarla; mas el tiempo pasa y no ocurre nada. Y de este modo resulta que los personajes del mito ya no marchan en claves de fatalidad y trascendencia sino más bien en los regocijos y amarguras de la vida rutinaria. Orestes ya no es el joven atleta admirado por Electra, sino más bien un hombre muy hecho que viaja de incógnito. Y en todas y cada una de las aldeas una chavala le sonríe y le hace meditar más en la vida que en la muerte. La acción transcurre en una temporada indefinible en la que lo más viejo cohabita con lo más reciente en una cercanía que solo el sueño hace creíble. Un hombre con 2 cabezas, un caballo de madera que fecunda la potranca del abad, un patético Egisto que, ofuscado por la llegada del vengador, se finge caballero andante en pos de aventuras sin conseguir por esta razón superar sus miedos.Todo esto lo presenta Cunqueiro sin prisa, con un cierto regodeo en la oración, con usuales toques de humor y rebosantes disgresiones, dejando siempre y en toda circunstancia suelta su inacabable y jubilosa fantasía.

    Un hombre que se parecía a Orestes es una historia estupenda, escrita de forma exquisita por Álvaro Cunqueiro.

    Un hombre que se parecía a Orestes | Álvaro Cunqueiro

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